El gran Zong ha muerto. El explorador más grande que ha parido el universo. Conquistador de galaxias, Libertador de un sin fin de sistemas estelares. Con su implacable mano, más dura que el lonsdaleite, aplastó a todo opresor que se cruzó en su camino, liberando del yugo a los habitantes de medio cosmos. Su magnanimidad y sabiduría destrozó en pedazos los corazones de sus enemigos. Emprendió campañas que se quedarán arraigadas en el acerbo colectivo de sus súbditos. Con su tubo de rayos catódicos desintegro ejércitos enteros.

Retirado desde hace milenios en su apacible palacio de verano en la estrella M81, una enana blanca del sistema Kv901s, pasaba el tiempo contemplando supernovas lejanas. Recuerdos de un glorioso pasado.

Ayer por la tarde, tomando un baño de partículas, en la fuente de la vida eterna, resbaló en un charquito de electrones que habían saltado de sus órbitas, se fue por el desagüe, que no era otra cosa que un agujero negro. Atrapado en la singularidad, Zong ha cruzado el horizonte de sucesos, creando una imagen para el culto y la peregrinación; por allá, en la parte del cielo que jamás oscurece.

Algunas veces me despierto pensando que soy otra persona. Mis manos son distintas, no reconozco mis pies. La voz no me suena familiar, como antes. Al verme en el espejo me pregunto: quién, de todos ellos, seré.

 

Desde el puesto de vigilancia se observa la desembocadura del río. La violencia inconsciente de la naturaleza vertida con calma en el mar.

Golpes y gritos rompen el silencio. Es un vehículo que se acerca despacio, los soldados que vienen a pie saltan y cantan. Sobre el carro, un hombre, con los ojos vendados y maniatado, mueve la cabeza en todas direcciones como si con el oído pudiese ver lo que ocurre.

¿ A qué se debe tanto alboroto?. Pregunta el comandante.

¡Por fin hemos atrapado al asesino!. – Contesta el capitán orgulloso.

El comandante reflexiona un instante.

¡Pues matadle! ¡Matadle inmediatamente!

Sale el sol. Está redondo, en el horizonte.

Los pies del asesino se balancean en la entrada del fuerte. El termómetro marca ya los treinta grados.

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