Era hora punta. La plaza estaba repleta. Hacía un hermoso día de primavera. Los niños jugaban al escondite, las niñas los miraban y reían tímidas. Los enamorados estaban tirados en la hierba, comían helado. Se besaban. Algunos papás jugaban a la pelota con sus hijos, otros hablaban entre ellos. Las mamás estaban sentadas en círculo mostrando las fotos más recientes de sus retoños.

Los hombres vendían de todo.

En la terraza del bar de la plaza la gente se refrescaba con cervezas.

Alguien gritó a todo pulmón:
“¡Allá va el loco, agárrenlo, antes de que se escape!”
Los niños, los hombres y las mujeres se miraron unos a otros con recelo retirándose en silencio.

Cerraron las puertas de sus casas, bajaron las persianas y apagaron las luces.
Uno nunca sabe.

Presentía que algo así iba a ocurrir. Aún no he recibido noticias y estoy perdiendo la paciencia. El hormigueo en mis piernas es el presagio de un mal mayor. Camino sobre mis pasos, ya no tengo uñas que comer.
Debería telefonear, a lo mejor se han olvidado. Tal vez no saben que estoy aquí. ¿Y si no responden? ¿Y si no hay nadie?. Puede que todos hayan muerto.
Se los advertí pero no me hicieron caso. Dijeron que  no valía la pena perder el tiempo, que no había ningún patrón que seguir.
El hormigueo ha desaparecido. Ahora me siento un poco mejor.
¿Y ellos ? ¿Dónde estarán?. No se, Quizás mañana les telefonee.

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