Cada tarde al llegar de la escuela, soltaba el morral y corría hasta la sala, presionaba las portezuelas de vidrio y luego retiraba las manos rápidamente, estás se abrían hacia donde el niño se encontraba como si alguien las empujase desde dentro. Le parecía divertido. Repetía la acción varias veces pero no conseguía ver quién o qué era lo que las abría. Aunque sabía que se mantenían cerradas gracias a unos imanes, el mecanismo que actuaba no lo comprendía.
En fila, uno al lado del otro, estaba lo que él pensaba era una especie de tesoro secreto. Todos eran del mismo tamaño y de colores muy variados, aunque predominaba el negro, había un trazo, alguna figura o una letra que resaltaba en color. La mayoría habían pertenecido a su padre, su madre se encargaba de mantenerlos en orden.
Apenas alcazaba la parte superior del mueble, en puntillas levantaba la cubierta y presionaba el botón que había a la izquierda. El botón se hundía quedando reducido a la mitad, el niño se preguntaba qué ocurriría con el resto ¿ Simplemente se oculta? o se encoge como un pobre hombre que va empequeñeciendo hasta desaparecer. Seleccionaba siempre el mismo para comenzar, lo sacaba de la funda y de nuevo en puntillas lo colocaba arriba. A tientas buscaba la punta fija del centro hasta hacerla encajar en el agujero del disco. Empujaba una silla hasta el borde del mueble y se subía. El disco era negro. Estaba lleno de surcos que parecían campos arados en círculo, como uno que había visto en un documental. Al levantar la palanca que había a un lado y acercarla al disco, el mecanismo se ponía en acción. El disco comenzaba a girar.
Los primeros acordes eran suaves, a los pocos segundos entraba la banda de improviso, con determinación rompían el encantamiento de la melodía. Aunque ya lo sabía, cada vez que escuchaba el comienzo, el corazón latía más rápido y sentía un ligero mareo. De todos ese era su LP favorito.
Pasaba el tiempo y el niño prefería escuchar los extraños discos, que jugar al escondite, los encontraba fascinantes. Fue descubriendo a todos y cada uno de los músicos que estaban encerrados dentro de las carátulas. El ritual empezaba con “The Wall”. Con el tiempo fue descubriendo más música de Pink Floyd y la historia de Syd Barrett.
Jugaba a interpretar la obra. Las notas, las palabras, los instrumentos, estaba todo instalado en su memoria como un puente perfectamente asentado en sus cimientos.
Las cosas cambiaban, el mundo se aceleraba, se iba haciendo pequeño, Cd’s, telefonía celular, Dvd’s, Internet, Mp3′s. Ahora el único esfuerzo que se hace para tener información es teclear unas cuantas palabras. Y el pobre hombre va empequeñeciendo hasta desaparecer.
Mucho tiempo despues…
Syd había muerto, por supuesto hacía años que la banda se había separado. Roger iba dando giras y le tocaba el turno a The Wall.
El niño pensó que podría ir a ver el concierto con Chris y eso hicieron.





