Había conocido a dos escritores, casi por casualidad. Estaba sentado, leyendo Bucaneros de América, en realidad lo releía,  estaba seguro que podía sacarle una historia. Él se sentó a mi lado, lo veía a menudo pero nunca habíamos hablado. Con serenidad se dirigió a mi, me preguntó sobre el libro, se desenvolvía de forma natural y extravagante al mismo tiempo. Me contó que era escritor, sacó de una carpeta unos papeles que me extendió. Alguien con experiencia y  una postura singular ante la vida. Podríamos llegar a ser amigos, me caía bien. Pero esa tarde me excusé diciendo que tenía trabajo. Habrá tiempo para lo demás.
Al día siguiente me había levantado con un fuerte ataque de sinusitis, estuve moviéndome el resto del día como un zombie sin piernas, arrastrándome con lentitud por donde pasaba, los pómulos hinchados y enrojecidos. De mis ojos brotaban lágrimas esporádicamente. Entonces se acercó el otro escritor, también lo había visto por ahí. Me dijo “toma chavalote, esto te ayudará”  buscó en el bolsillo de la chaqueta un frasco, lo abrió y me entregó cuatro pelotitas blancas diminutas. Sabían a menta. Al rato intentó convencerme de que ya me tenía que sentir mejor, con energía. En la homeopatía, el componente sicológico es la parte más importante del tratamiento. Me entregó una tarjeta con su nombre y la dirección de una página web. Al llegar a casa la consulté, era una novela ambientada en Berlín, publicada en capítulos cortos, una buena idea si quieres que alguien lea tu material en la web. Después de eso las veces que me lo cruzaba cometía el mismo error, hablaba sin parar de las pelotitas y de su escritura.
Algo se perfiló en mi mente, una historia donde hayan palafitos, indios y piratas.