Desde el puesto de vigilancia se observa la desembocadura del río. La violencia inconsciente de la naturaleza vertida con calma en el mar.
Golpes y gritos rompen el silencio. Es un vehículo que se acerca despacio, los soldados que vienen a pie saltan y cantan. Sobre el carro, un hombre, con los ojos vendados y maniatado, mueve la cabeza en todas direcciones como si con el oído pudiese ver lo que ocurre.
¿ A qué se debe tanto alboroto?. Pregunta el comandante.
¡Por fin hemos atrapado al asesino!. – Contesta el capitán orgulloso.
El comandante reflexiona un instante.
¡Pues matadle! ¡Matadle inmediatamente!
Sale el sol. Está redondo, en el horizonte.
Los pies del asesino se balancean en la entrada del fuerte. El termómetro marca ya los treinta grados.



