El gran Zong ha muerto. El explorador más grande que ha parido el universo. Conquistador de galaxias, Libertador de un sin fin de sistemas estelares. Con su implacable mano, más dura que el lonsdaleite, aplastó a todo opresor que se cruzó en su camino, liberando del yugo a los habitantes de medio cosmos. Su magnanimidad y sabiduría destrozó en pedazos los corazones de sus enemigos. Emprendió campañas que se quedarán arraigadas en el acerbo colectivo de sus súbditos. Con su tubo de rayos catódicos desintegro ejércitos enteros.

Retirado desde hace milenios en su apacible palacio de verano en la estrella M81, una enana blanca del sistema Kv901s, pasaba el tiempo contemplando supernovas lejanas. Recuerdos de un glorioso pasado.

Ayer por la tarde, tomando un baño de partículas, en la fuente de la vida eterna, resbaló en un charquito de electrones que habían saltado de sus órbitas, se fue por el desagüe, que no era otra cosa que un agujero negro. Atrapado en la singularidad, Zong ha cruzado el horizonte de sucesos, creando una imagen para el culto y la peregrinación; por allá, en la parte del cielo que jamás oscurece.

Tomó el número setenta y siete, y se apoyó en la pared a  esperar, iban por el sesenta, la cola no avanzaba. No le importó, tenía un buen número. Miró la hora, su entusiasmo aumentó al comprobar que eran las once y diecisiete. “Vaya” pensó. Sacó el libro que guardaba en el morral. Lo abrió. Sabía que le tocaba comenzar el capítulo siete. El mostrador se quedaba solo a ratos. Algunos buscaban desesperados cualquier cosa que tuvieran a mano para abanicarse, el aire acondicionado tenia algún tipo de problema. Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta quedar en cuclillas, los antebrazos sobre las rodillas, el libro entre las manos. Así era como le gustaba que fueran las esperas.

Exactamente una semana atrás había recibido la carta, bien temprano por la mañana. Al abrirla sobre la mesa del comedor, tiró de un golpe la taza de café, estropeando la carta y su libreta de apuntes, se formó un pequeño pozo en el borde de la mesa, un hilo de líquido negro y humeante cayó al suelo. Resignado limpió el desastre, intentó, en vano, recuperar los apuntes, tomó una servilleta y escribió lo que pudo recordar. El esfuerzo de días diluido en pocos segundos en un charco de cafeína azucarada. De qué le servía, entonces, plasmar los pensamientos si no era capaz de preservarlos.

Llegado su turno, la sala estaba casi vacía, sin contarse él, quedaban seis personas. Entregó los papeles que le solicitaron en el mostrador, rellenó el formulario y le entregaron un comprobante. Tenía que hacer algo al respecto. Se enrolló la bufanda en el cuello, soplaba un viento frío que le puyaba la cara igual que  si le estuvieran clavando pequeñas agujas hipodérmicas. Tenía que ser un aviso, no podía ser otra cosa. Hay gente que sueña con números, él los había visto en todo lo que lo rodeaba ese día.  Buscó en los alrededores una agencia de lotería, formó varias combinaciones posibles y pidió el número que más le gustó. No lo tenían, así que el dependiente lo buscó por el terminal electrónico. La suerte podría estar de su lado, facilitarle las cosas, ya no tendría excusas válidas para retrasar mas el proyecto que tenía entre manos.

Por la noche preparó una ensalada, cortó queso y pan. Se sentó a ver el sorteo, había comprado una libreta de apuntes nueva, la tenía a su lado en la mesita auxiliar, la tomó para anotar sus impresiones. las bolitas numeradas se mezclaban en el bombo traslúcido. Por suerte, la probabilidad de ganar aun sigue siendo la misma.

“Pues sí, me siento estafado” dijo dándole golpecitos a la barra con el martillo de plástico. Con un movimiento de cabeza abarcó el local y a continuación pidió otra copa de vino; dijo: “ponme otra copita de estas, cariño.” Soltó el martillo, el último pitido que emitió al tocar la superficie de la barra fue como el chillido ahogado de un pollo de corral. “Me pidió diez euros, ¿sabes? Y le dije, te voy a dar cinco, ¿no?, encima que hice la mitad del trabajo” Tomó un trago largo de vino y volvió a dejar la copa donde estaba, encima del posavasos. “Dime que te doy cariño, me voy a hacer un pase. Oye y luego vuelvo a cambiar las monedas, si es posible, claro.” Apuró el vino hasta el final, cogió el martillo, sacó la varita mágica del bolsillo, se colocó el sombrero de fieltro azul y salió decidido a abordar la mesa que se encontraba cerca del baño. El borde de la copa quedo marcado con una mezcla de pintura roja, blanca y de la grasa en sus labios. El camarero  depositó la copa boca abajo en la cesta, se le empañaron los lentes mientras metía la bandeja en el lavavajillas.

Minutos antes habían estado hablando en la terraza. Él preguntó: “¿Qué quieres beber guapetona?.” Levantó la mano en la que sostenía la varita mágica y ordenó un martini y un vino. Ella sacó algo que parecía una caja de bombones, con delicadeza, mirando fijamente el paquete, lo desenvolvió.  Extrajo un mazo de cartas, extendió el paño negro sobre la mesa y le pidió que cortara el mazo en tres. “Pasado, Presente, Futuro” dijo la mujer juntando las palmas de la mano a la altura del pecho.

Unas mesas más allá un hombre increpaba al camarero porque no le quería servir. Tenía dificultad para articular palabras aunque no olía a alcohol. El camarero le pedía amablemente que se fuera. El hombre insistía en que era policía y que estaba ahí para asegurarse que todo estuviera en orden. El camarero le afirmó que no había ningún problema y lo invitó a que se largara. “Bien” dijo el hombre “Ahora me voy a ver en la obligación de pedirte un favor, necesito que me dejes cinco euros para comprarme una dentadura nueva”.

La Reina Aurora, astróloga metasoberana (así se hacía llamar la mujer) le había hablado de un pasado que él no recordaba, al menos no como ella se lo había descrito. Si que llegó a mencionar un pariente que él creyó identificar, pero la descripción había sido tan genérica que podría tratarse perfectamente de la Tía de cualquiera de los allí presentes. Eso si le auguró un futuro de felicidad, amor y abundancia. Le advirtió que no se rindiera que iba a ser difícil pero que debía seguir el camino hasta el final.

Decepcionado, le entregó los cinco euros, vació lo que quedaba de vino en su garganta y con la varita mágica le soltó un conjuro: “Cataplín cataplán, la Reina Aurora a mí no me vuelve a ver más”.

Fue sentándose en las mesas haciendo el show, con la ayuda de la varita expelía los conjuros, con el martillo castigaba a los aburridos. El maquillaje de la cara se había estropeado a causa del sudor, gotas negras se deslizaban de la frente hasta la barbilla. El rostro se había transformado en algo grotesco y oscuro. Entretanto levantaba la mano “Otra copita, cariño” pues se le secaba la garganta.

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