La pantalla iluminó su rostro pálido. Con los dedos se apartó el pelo de la cara. El movimiento lo había realizado tantas veces que ni pensaba en ello, era un movimiento involuntario; casi se podría decir que le había cedido el control de esos músculos a su tronco encefálico. Pasaba los dedos por la frente, recogía el pelo, lo llevaba a la base del cráneo y lo soltaba con suavidad detrás de la oreja. Era su muletilla, su escudo, el comodín que sacaba cada vez que era necesario. Si por ejemplo le preguntaban sobre algo que le incomodara, fijaba la vista en un punto del suelo, pasaba los dedos por la frente, llevaba el pelo hacia atrás y lo dejaba caer. Si su mirada se cruzaba con la de alguien que le resultase imponente: vista abajo, dedos, frente, cráneo, orejas.
Le echó un vistazo a las estadísticas. Cerca de cuatro mil descargas desde que había colgado el archivo en el servidor. Comprobó el correo. El icono del canal Irc al que estaba conectado titilaba, abrió la ventana, le había escrito de nuevo. Sonrió para si y se rascó la base del cráneo.

>¿estás ahí?.

>me he armado de valor como dijiste y he salido de casa, por eso no te respondí. Logré llegar hasta la esquina, Bueno es algo ¿no?

>afuera todo parecía extraño, como si en el tiempo que estuve ausente hubieran cambiado las cosas, más bien la naturaleza de las cosas. la gente sigue teniendo boca, ojos, cara, pero son seres nuevos, alguien los ha sustituido, uno por uno. No sé te debo parecer una loca.

>sigo prefiriendo las paredes de mi habitación, los píxeles de la pantalla, pulsar el teclado, eso lo puedo controlar; pero contigo me siento fuerte, capaz de cualquier cosa. Tal vez esté lista para verte…

La frase final quedó impresa en su retina por unos instantes. Desde que conoció a HacKaLone, en el foro de una página que él mismo administraba, se habían enviado mensajes a diario, primero a través del correo y luego por el canal de Irc. Esa noche estaba agotado, llevaba dos días terminando de dar los últimos toques al programa. Sin darse cuenta el sueño lo había vencido.

Fijó la vista en el teclado, pasó los dedos detrás de la oreja acompañando su mechón de pelo. Tomó el portátil lo metió en la mochila y salió. Tenía que trabajo que hacer.

Entró en un café, abrió el portátil, activó la red Tor y se conectó vía ssh a un servidor en Rusia, que a su vez, lo derivaba a cuatro servidores repartidos por varios continentes. La comunicación no era recíproca, paradójicamente la tecnología era la causante de tal involución. Su red era impenetrable. Consultó el blog, la presa seguía siendo la misma, arrancó el programa de ataque Loic. Envió un mensaje a HacKaLone. Había logrado rastrear la IP y se encontraba frente a su casa. La había imaginado tantas veces. Quería verla. Estaba nervioso, disimulaba tecleando. Las palabras de la noche anterior revoloteaban en su cabeza. Actualizó los foros que administraba. navegó anodino por las redes sociales. Era poderoso en un mundo intangible. Podía hacer prácticamente lo que quisiera; pero en el mundo físico que lo rodeaba era frágil como un pez de pecera, conforme en su pequeño espacio, pasando desapercibido, sin atreverse nunca a gritar.

HacKaLone no se presentó. Él no se atrevió a llamar a la puerta, así que volvió a casa. Pasó un tiempo sin tener noticias de ella. Monitorizaba regularmente la IP pero no obtenía respuesta. Se había esfumado.

En la fecha y hora señalada se activó el programa, con suerte lo habrían descargado suficientes personas como para dejar un buen reguero en la red. Quedaba esperar. Con el tiempo tendría el control de muchas máquinas, un ejército de zombies a su servicio, Un conjuro Vudú destinado a aquellos que, sin saberlo, con un clic descargaran el poema cursi que le había escrito a HacKaLone y que rezaba más o menos así:

No es su piel de terciopelo

ni es su vientre de cristal

ni su amplia sonrisa

melodía audiovisual.

No es su piel fibra de seda

ni sus dedos de cambur

ni sus ojos chocolate

ni sus piernas de bambú.

Más son sus cabellos

finos hilo de carbón,

y sus pechos de silicio,

que, al imaginarlos

entro en combustión.

Se puso en la consola a hacer tareas administrativas del sistema. Solía hacerlo cuando algo le inquietaba. El hecho es que después de que HacKaLone desapareciese sin dejar rastro, le había costado un gran esfuerzo sacársela de la cabeza. Y ahora, precisamente ahora que lo había logrado le enviaba un correo descorazonador. Decía que no podía más, que saldría de su escondite para acabar con TODO. Pensaba que el aislamiento absoluto la sanaría pero no fue así. Por el contrario, empeoró. Ya no atendía a razones que no fuesen un acto. Un sólo acto liberador.

Qué podía hacer entonces. Venía siendo hora ya de pegar un gran grito, de ayudar. Empezaría por salir a buscarla, -debajo de las piedras si es necesario- Un rescate a tiempo, poner una manta en la espalda y llevarla a tomar un caldo caliente, reconfortante. Decirle lo mucho que la quiere. Controlar la situación a su antojo, igual que controla a la máquina

Tras estas reflexiones él siguió escribiendo en el teclado, no había notado que al escribir en la consola “te quiero” y presionar enter, la máquina le retornó en silencio un mensaje de error: -bash: te quiero: command not found.

Me entretuve analizando el plan de evacuación mientras esperaba. Contemplé diversas situaciones. Desde mi ubicación en el plano había acceso a tres salidas de emergencia y una alarma. No lo tenía nada mal. En mi cabeza sonaba un viejo disco de Baby Huey

En el aviso que me habían enviado, se podía leer en un mismo párrafo, comunicado y comparecencia. Así como la inquietante frase, Error no imputable a la agencia, unas líneas más abajo. Volví a repasar el plan de escape por si la cosa se ponía fea.

Fui informado que la notificación era para entregarme otro aviso que a su vez complementaba el anterior. Quedé prácticamente mudo, sólo podía balbucear un escueto ¿Qué?. La nota que ya no servía  terminó dentro de un contenedor de cartón.

- ¿Qué vais a  hacer con todo el papel que hay en la caja?. ¿Emitir nuevos comunicados?.

Desconcertado coloqué los auriculares en su sitio, el viejo disco volvió a sonar. Comprendí el por qué del aislamiento en el que vivimos, incluso rodeados de millones de almas, de hecho lo acepté. Todos nosotros, una masa unida, esperando una señal que nos indique lo que tenemos que hacer. Esperando el siguiente comunicado.

Un hombre con un cigarrillo apagado en la mano le hablaba a la basura mientras urgaba en el interior de su miseria. Entré en el primer bar que ví y pedí un café, antes de que le diera tiempo a montarlo, rectifiqué a un whisky. Alguién metió ciento cincuenta euros en la tragaperras. Me pregunto si cree que la máquina le dará lo que espera. Pedí la cuenta, antes de sacar el dinero recordé a Alicia, y la vez que salimos corriendo, huyendo de aquel lugar sin pagar. Prometiéndonos no regresar nunca más.

Frente a mi, la jauría devora los alimentos que hay en la mesa mientras vomitan palabras sin sentido, acompañadas de trocitos de pan. Unos y otros se prometen cosas que saben que no cumplirán. Las risas histéricas me hieren la sien. Tengo que hacer algo, rápido. Me pongo de pie. las miradas apuntan como dardos afilados en mi dirección. me interpongo entre ellos y la diana de sus deseos. Consigo, tan solo por una fracción de segundo, que se callen. Les voy a dar lo que quieren, sus caras sonrosadas los delatan.

Las bocas abiertas, llenas de restos de comida,  expectantes. En ese instante, los abrazo con los ojos, levanto la copa y suelto una sarta de frases hechas. Quiero salir corriendo de ahí, correr lo más lejos que pueda. Evaporarme como el alcohol; pero no lo hago, por el contrario, me uno en un acto cobarde de mimetismo. Para cuando nos demos cuenta de lo que ocurre estaremos borrachos, amándonos unos a otros.  

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