Relatos


Frente a mi, la jauría devora los alimentos que hay en la mesa mientras vomitan palabras sin sentido, acompañadas de trocitos de pan. Unos y otros se prometen cosas que saben que no cumplirán. Las risas histéricas me hieren la sien. Tengo que hacer algo, rápido. Me pongo de pie. las miradas apuntan como dardos afilados en mi dirección. me interpongo entre ellos y la diana de sus deseos. Consigo, tan solo por una fracción de segundo, que se callen. Les voy a dar lo que quieren, sus caras sonrosadas los delatan.

Las bocas abiertas, llenas de restos de comida,  expectantes. En ese instante, los abrazo con los ojos, levanto la copa y suelto una sarta de frases hechas. Quiero salir corriendo de ahí, correr lo más lejos que pueda. Evaporarme como el alcohol; pero no lo hago, por el contrario, me uno en un acto cobarde de mimetismo. Para cuando nos demos cuenta de lo que ocurre estaremos borrachos, amándonos unos a otros.  

El gran Zong ha muerto. El explorador más grande que ha parido el universo. Conquistador de galaxias, Libertador de un sin fin de sistemas estelares. Con su implacable mano, más dura que el lonsdaleite, aplastó a todo opresor que se cruzó en su camino, liberando del yugo a los habitantes de medio cosmos. Su magnanimidad y sabiduría destrozó en pedazos los corazones de sus enemigos. Emprendió campañas que se quedarán arraigadas en el acerbo colectivo de sus súbditos. Con su tubo de rayos catódicos desintegro ejércitos enteros.

Retirado desde hace milenios en su apacible palacio de verano en la estrella M81, una enana blanca del sistema Kv901s, pasaba el tiempo contemplando supernovas lejanas. Recuerdos de un glorioso pasado.

Ayer por la tarde, tomando un baño de partículas, en la fuente de la vida eterna, resbaló en un charquito de electrones que habían saltado de sus órbitas, se fue por el desagüe, que no era otra cosa que un agujero negro. Atrapado en la singularidad, Zong ha cruzado el horizonte de sucesos, creando una imagen para el culto y la peregrinación; por allá, en la parte del cielo que jamás oscurece.

Tomó el número setenta y siete, y se apoyó en la pared a  esperar, iban por el sesenta, la cola no avanzaba. No le importó, tenía un buen número. Miró la hora, su entusiasmo aumentó al comprobar que eran las once y diecisiete. “Vaya” pensó. Sacó el libro que guardaba en el morral. Lo abrió. Sabía que le tocaba comenzar el capítulo siete. El mostrador se quedaba solo a ratos. Algunos buscaban desesperados cualquier cosa que tuvieran a mano para abanicarse, el aire acondicionado tenia algún tipo de problema. Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta quedar en cuclillas, los antebrazos sobre las rodillas, el libro entre las manos. Así era como le gustaba que fueran las esperas.

Exactamente una semana atrás había recibido la carta, bien temprano por la mañana. Al abrirla sobre la mesa del comedor, tiró de un golpe la taza de café, estropeando la carta y su libreta de apuntes, se formó un pequeño pozo en el borde de la mesa, un hilo de líquido negro y humeante cayó al suelo. Resignado limpió el desastre, intentó, en vano, recuperar los apuntes, tomó una servilleta y escribió lo que pudo recordar. El esfuerzo de días diluido en pocos segundos en un charco de cafeína azucarada. De qué le servía, entonces, plasmar los pensamientos si no era capaz de preservarlos.

Llegado su turno, la sala estaba casi vacía, sin contarse él, quedaban seis personas. Entregó los papeles que le solicitaron en el mostrador, rellenó el formulario y le entregaron un comprobante. Tenía que hacer algo al respecto. Se enrolló la bufanda en el cuello, soplaba un viento frío que le puyaba la cara igual que  si le estuvieran clavando pequeñas agujas hipodérmicas. Tenía que ser un aviso, no podía ser otra cosa. Hay gente que sueña con números, él los había visto en todo lo que lo rodeaba ese día.  Buscó en los alrededores una agencia de lotería, formó varias combinaciones posibles y pidió el número que más le gustó. No lo tenían, así que el dependiente lo buscó por el terminal electrónico. La suerte podría estar de su lado, facilitarle las cosas, ya no tendría excusas válidas para retrasar mas el proyecto que tenía entre manos.

Por la noche preparó una ensalada, cortó queso y pan. Se sentó a ver el sorteo, había comprado una libreta de apuntes nueva, la tenía a su lado en la mesita auxiliar, la tomó para anotar sus impresiones. las bolitas numeradas se mezclaban en el bombo traslúcido. Por suerte, la probabilidad de ganar aun sigue siendo la misma.

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