A Víctor

Pocas veces se le oía hablar al loco Sean, era lo que se dice hombre de pocas palabras. Una suerte de gurú lisérgico adosado en las paredes del tiempo. Los que le han escuchado dicen que su voz resuena como un gong en una habitación vacía.

En Amsterdam caminamos las calles y callejuelas en silencio. Hacía frío y las nubes estaban encapotadas todo el tiempo, pero nunca llovía. Observamos a un barco dragar el rio. Hay más bicicletas en el fondo del Amstel que en la ciudad donde nací.

Una tarde, mientras escuchábamos a una banda tocar ‘Round about midnight que a ratos parecía Stolen moments, entró un tipo furioso con una bolsa de plástico en la mano. Se dirigió hacia nosotros, empezó a sacar cadenas de diversos tamaños, mientras nos gritaba en un idioma que desconocía. El loco Sean agarró una de las cadenas, sin quitarle la vista de encima, se la colocó alrededor del cuello, le dijo una frase en el idioma desconocido y le tendió el extremo de la cadena. El tipo arrugó la cara, agacho la cabeza y se echó a llorar. Sean lo rodeó con sus brazos y le dió un fuerte abrazo.

Pasábamos las tardes fumando en algún rincón caliente sin decir nada. A veces me preguntaba si él pensaba lo mismo que yo. Un día dijo, Lucas, si hubiese el suficiente silencio podrías escuchar los pensamientos cruzarse unos con otros.

Cuando se nos acababan las monedas, – cosa que ocurría en muy poco tiempo – nos sentábamos en alguna esquina, yo tocaba la guitarra y cantaba y el loco Sean entraba en trance tocando los bongos.

En las afueras, había un lugar abandonado en el que nos refugiábamos cuando el frío se hacía insoportable. Prendíamos la chimenea y bebíamos vino y dibujábamos siluetas con el humo. Jamás nos aburríamos. A veces, el loco Sean lograba separar todos los átomos de su cuerpo, en una especie de lluvia estática y gris, y atravesar las paredes y cosas por el estilo. Yo me quedaba contemplando la pared añil descascarillada. La pared olía igual que el número 7.

Un día le dije, loco Sean, vámonos de aquí. Hay un lugar en Barcelona donde podemos quedarnos. Allá el clima es más amigable. Se levantó, se echó el morral al hombro y comenzó a caminar en dirección a la estación. El viaje fue tedioso, nos tuvieron detenidos en la frontera varias horas. Al parecer alguien en el autobús había olvidado declarar una maleta llena de pastillas. LLegamos al mediodía, la primavera estaba en un estado avanzado de descomposición. Me descalzé y caminé por las calles que hacía tanto tiempo no pisaba. O no había pasado tanto tiempo. No lo se, Barcelona es una ciudad que encanta. Al llegar al portal, toqué el timbre y esperé respuesta. Ahí mismo dispuesto como un gracia simplista, en fila, había un vaso de cartón vacío, otro con cerveza y un mojoncito que me recordó a la vía láctea.

Mira loco Sean, nosotros estaríamos más o menos aquí. Le dije, señalando una de las espirales del mojón.

Los desechos del mañana, pertenecen a los excesos del ayer. Retumbó la voz del Loco Sean en la calle estrecha.

Sonó el zumbibo del portero automático, como una chicharra al atardecer. Empujando la puerta le dije, ¡Vaya loco, adelante, adelante!.

Arriba nos esperaba agua caliente y comida. ¿Qué más se puede pedir?

Un encantamiento. El príncipe, maldito por  negarse a mantener  relaciones sexuales  consentidas con la hechicera del pueblo,  fue convertido en  una  ranita tropical.  En un abrir y cerrar de ojos, con efecto especial de flash y todo.  Tachís. Rana, así de sencillo; pero no por ello  menos espectacular.

Que sorpresa. La princesa, – todo príncipe tiene su princesa – que tenía muchos contactos, se enteró de tan vil jugarreta y sin pensarlo, montó su palanquín, recién traído de oriente y salió al rescate con su séquito. – esclavos incluidos en el pack- Había leído en muchas ocasiones que la mejor manera de contrarrestar el efecto es a base de besos de amor.

Encuentro.  Llegó  al bosque fresca como una lechuga.  No se ha dicho pero es evidente que el palanquín  lo tiraban los esclavos. – toda princesa tiene sus esclavos y entre otras cosas, para eso los utiliza -  Al encontrar a su amado príncipe rana detrás de una piedra lloró de alegría. Finalmente tenía lo que quería. Le juró que al revertir el maleficio lo colmaría de poder y riquezas. Incluso rana, estaba hermoso, de un color azul brillante y llamativo.

Desencuentro. Lo tomó entre sus delicadas manos y le estampó el beso más amoroso de todo el reino. Lo que nunca supo nuestra heroica princesa cuando empezaron las convulsiones, víctima de una poderosa neurotoxina, es que la hechicera – que también resultó ser la cuentista.- había transformado al príncipe en una Dendrobates Azureus = rana flecha azul. Desde entonces se popularizó el dicho de encontrar a tu príncipe azul – sin morir en el intento.-

Desencanto. Cuentan que en los días soleados, aún se escucha, en el bosque del reino, el dulce cantar del príncipe rana. Esperando en el pantano.

Una montaña de polvo escalan los desconcertados,

Demonio con cabeza de serpiente

acecha entre la maleza.

Saca la lengua, saborea el aire.

Desde la cima se ven campos de humo.

y las nubes colapsan encima de ellos.

Los recuerdos disueltos, convierten el evocar

en una simple acción sin sentido alguno.

 

Una puerta de polvo corona  el valle,

Demonio con cabeza de serpiente preside la entrada,

y los desconcertados lanzan mares de carcajadas.

Las miserias no son las mismas; pero en fin,

esta bien saber qué hay para repartir.

Una montaña de polvo,

un campo de humo,

una puerta de entrada.

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