Me entretuve analizando el plan de evacuación mientras esperaba. Contemplé diversas situaciones. Desde mi ubicación en el plano había acceso a tres salidas de emergencia y una alarma. No lo tenía nada mal. En mi cabeza sonaba un viejo disco de Baby Huey

En el aviso que me habían enviado, se podía leer en un mismo párrafo, comunicado y comparecencia. Así como la inquietante frase, Error no imputable a la agencia, unas líneas más abajo. Volví a repasar el plan de escape por si la cosa se ponía fea.

Fui informado que la notificación era para entregarme otro aviso que a su vez complementaba el anterior. Quedé prácticamente mudo, sólo podía balbucear un escueto ¿Qué?. La nota que ya no servía  terminó dentro de un contenedor de cartón.

- ¿Qué vais a  hacer con todo el papel que hay en la caja?. ¿Emitir nuevos comunicados?.

Desconcertado coloqué los auriculares en su sitio, el viejo disco volvió a sonar. Comprendí el por qué del aislamiento en el que vivimos, incluso rodeados de millones de almas, de hecho lo acepté. Todos nosotros, una masa unida, esperando una señal que nos indique lo que tenemos que hacer. Esperando el siguiente comunicado.

Un hombre con un cigarrillo apagado en la mano le hablaba a la basura mientras urgaba en el interior de su miseria. Entré en el primer bar que ví y pedí un café, antes de que le diera tiempo a montarlo, rectifiqué a un whisky. Alguién metió ciento cincuenta euros en la tragaperras. Me pregunto si cree que la máquina le dará lo que espera. Pedí la cuenta, antes de sacar el dinero recordé a Alicia, y la vez que salimos corriendo, huyendo de aquel lugar sin pagar. Prometiéndonos no regresar nunca más.

Frente a mi, la jauría devora los alimentos que hay en la mesa mientras vomitan palabras sin sentido, acompañadas de trocitos de pan. Unos y otros se prometen cosas que saben que no cumplirán. Las risas histéricas me hieren la sien. Tengo que hacer algo, rápido. Me pongo de pie. las miradas apuntan como dardos afilados en mi dirección. me interpongo entre ellos y la diana de sus deseos. Consigo, tan solo por una fracción de segundo, que se callen. Les voy a dar lo que quieren, sus caras sonrosadas los delatan.

Las bocas abiertas, llenas de restos de comida,  expectantes. En ese instante, los abrazo con los ojos, levanto la copa y suelto una sarta de frases hechas. Quiero salir corriendo de ahí, correr lo más lejos que pueda. Evaporarme como el alcohol; pero no lo hago, por el contrario, me uno en un acto cobarde de mimetismo. Para cuando nos demos cuenta de lo que ocurre estaremos borrachos, amándonos unos a otros.  

El gran Zong ha muerto. El explorador más grande que ha parido el universo. Conquistador de galaxias, Libertador de un sin fin de sistemas estelares. Con su implacable mano, más dura que el lonsdaleite, aplastó a todo opresor que se cruzó en su camino, liberando del yugo a los habitantes de medio cosmos. Su magnanimidad y sabiduría destrozó en pedazos los corazones de sus enemigos. Emprendió campañas que se quedarán arraigadas en el acerbo colectivo de sus súbditos. Con su tubo de rayos catódicos desintegro ejércitos enteros.

Retirado desde hace milenios en su apacible palacio de verano en la estrella M81, una enana blanca del sistema Kv901s, pasaba el tiempo contemplando supernovas lejanas. Recuerdos de un glorioso pasado.

Ayer por la tarde, tomando un baño de partículas, en la fuente de la vida eterna, resbaló en un charquito de electrones que habían saltado de sus órbitas, se fue por el desagüe, que no era otra cosa que un agujero negro. Atrapado en la singularidad, Zong ha cruzado el horizonte de sucesos, creando una imagen para el culto y la peregrinación; por allá, en la parte del cielo que jamás oscurece.

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